LA UNIDAD ITALIANA SE ACERCA
Desde comienzos de 1859, en el Viejo Continente existía la sensación de que ése no sería un año pacifico. Francia, por su parte, ayudaría al renacimiento del Piamonte. En la apertura del Parlamento, una frase del rey Víctor Manuel II vislumbraba la posibilidad de una próxima guerra: “Aunque respetamos los tratados, no somos insensibles al grito de dolor que se levanta desde tantos rincones de Italia y mira hacia nosotros”.
Finalmente, tal como se esperaba, Austria declaró la guerra al Piamonte y dio comienzo la Segunda Guerra de Independencia. Al comando de las tropas austríacas, el general Gyulai repitió la maniobra de 1849, invadiendo el territorio piamontés. Se sucedieron, una tras otra, las revueltas, con diversas estrategias, violentos combates y batallas en diversos puntos.
Después de la batalla de Magenta, que tuvo lugar el 4 de junio de 1859, se abrió a los aliados el camino hacia Milán, donde Napoleón III y Víctor Manuel II hicieron su entrada triunfal. Al terminar la guerra y tras el armisticio de Villafranca, el Piamonte obtuvo a expensas del Imperio Austríaco el territorio de la Lombardía, pero debió sacrificar el Véneto, a pesar los pactos de la alianza; lo que hizo que Cavour se desesperara, ya que el rey no podía asumir la responsabilidad de continuar la guerra solo. La situación dio lugar a la renuncia de Cavour al cargo de Primer Ministro y su a su reemplazo por Rattazzi, quien se encontró al frente del gobierno, con muchas dificultades por delante.
Para resolver las graves situaciones, intervino la mediación de Inglaterra, favorable a la creación de un sólido Estado de Saboya, que hiciese de contrapeso de la potencia francesa en el Mediterráneo. Cavour volvió a ser convocado al gobierno y, a través de una votación popular (plebiscito), la Toscana e la Emilia se unieron al Piamonte en 1860. El nuevo Reino quedaba así conformado por seis regiones: PIAMONTE, LIGURIA, CERDEÑA, LOMBARDIA, EMILIA ROMAGNA y TOSCANA.
Se dio un gran paso en pos de la realización de la Unidad de Italia, pero la meta estaba todavía muy lejos y no era aún el momento. Se debía evitar cualquier motivo de contraste con Napoleón III que pudiese poner en peligro los éxitos conseguidos en el campo de batalla y en el frente diplomático.
Buscando modificar esta situación, que parecía permanecer en punto muerto, estaban las acciones de los demócratas, que querían ver realizado el sueño de la unidad nacional de Italia. En el norte de la Península, el movimiento unitario obtenía triunfos, pero la situación en el Reino de las Dos Sicilias era crítica. La brecha que existía allí entre la burguesía culta y la monarquía borbónica se agrandaba y el monarca perdía el apoyo de las masas populares por el sistema opresivo y las condiciones de miseria en que vivía la población. La sumisión al reino borbónico resultaba cada día más intolerable.
El 5 de abril de 1860, un movimiento de insurrección explotó en Palermo, en plena efervescencia del entusiasmo que había suscitado la anexión al Piamonte de la Toscana y de la Emilia. Los Borbones, esta vez, no pudieron sofocar la revuelta, a pesar del fusilamiento de patriotas sicilianos y de la represión desencadenada. El mazziniano Francesco Crispi logró entonces convencer a Giuseppe Garibaldi de tomar a su mando una expedición de voluntarios, preparada en Génova bajo la atenta mirada del gobierno piamontés, que oficialmente no podía ofrecer su apoyo al movimiento patriótico.
El sueño de la unidad de Italia estaba haciéndose realidad… Faltaba el último paso.
Delfina Marta Turrina
Colaboradora Ad Honorem





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