jSharing - JA Teline III

 Giuseppe María Vigilio Bernardi
(Trento 1900 – Chascomús 1971)

Aventura transformada en exilio
(Historia en tres momentos y un epilogo)

I

El buque partió desde Génova como tantos otros llevando emigrados italianos hacia destinos americanos: Estados Unidos, Brasil, Uruguay, Argentina. Acodado en la baranda de cubierta del “Giulio Cesare”, Giuseppe miraba entre deslumbrado y sorprendido el mar de pañuelos que se agitaban despidiendo a quienes desde diferentes lugares de Italia partían a bordo de la nave que se desplazaba muy lentamente dejando atrás todo contacto con la tierra natal. Todos llevaban como meta lograr un futuro más promisorio en tierras que les parecían casi de leyenda y que desconocían totalmente. Esta expectativa aminoraba el dolor de dejar el terruño, la familia, los amigos, sus amores.
El puerto fue quedando atrás, lentamente, hasta que su visión se confundió con una borrosa línea en el horizonte. Las aguas azules del Mediterráneo comenzaron a agitarse más y más denunciando la profundidad del abismo que se abría a sus pies. Ya en alta mar, y antes de entrar en el Atlántico, Giuseppe rememoró los días anteriores a este de su partida. Sus familiares lo habían acompañado hasta la estación de ferrocarril de Trento para abordar la formación que lo llevaría al puerto. La noche anterior sus amigos lo agasajaron en una reunión para despedirlo. En esa primera noche en el buque no le fue difícil conciliar el sueño: el cansancio y el ajetreo de los últimos días lo vencieron. A pesar del desorden que se vivía en la clase donde él viajaba, y poco después de compartir con algunos pasajeros temas triviales que le parecieron sin importancia, se acurrucó en el lugar señalado y se durmió. Estaba acostumbrado a arreglárselas de cualquier manera, pues en su joven existencia había tenido que acomodarse a los avatares de la vida en las trincheras, pues fue incorporado a las filas militares del Imperio Austro-Húngaro a fines de la Primera Guerra mundial, soportando las inclemencias climáticas y del terreno en el frente ruso, y los peligros inherentes a una guerra tan cruel y sin razón como esa. Una vez ingresados en el Atlántico fue acostumbrándose a la vida en el buque, y eligió separase del resto del pasaje y reflexionar en el futuro que le esperaba. También en lo que había dejado en su tierra natal. El destino final era Buenos Aires.
En Argentina lo esperaba un hermano mayor que había emigrado del Trentino empujado por la presión que sentía la familia paterna por motivos políticos. El fascismo había comenzado ya en 1918 a desarrollar una férrea propaganda, acción que eclosionaría en 1939 desembocando en plena  Segunda Guerra mundial. Ya en 1922, finalizada la Gran Guerra, la familia tuvo un altercado con la policía del régimen cuando los padres y los nueve hijos vivían en el Palazzo delle Albere (hoy museo de Arte Contemporáneo) a orillas del Adigio. Todos los hijos varones y el padre fueron encarcelados en la Torre Vanga. Estando allí la madre murió por el disgusto que le provocó la situación: fueron muchos los sinsabores y ansiedades soportados por ella en esos últimos años. La guerra primero, que arrebató del seno familiar a los hijos varones y a su marido (tuvieron la suerte de volver todos vivos, cosa que muchas familias del lugar no disfrutaron  pues de algunas no volvió ninguno), y las presiones políticas después con las consecuencias ya señaladas, minaron la resistencia de esta mujer dedicada a la familia, a la crianza de su prole, y secundando en todo a su marido.
Lograda la libertad de los hombres de la casa, y fuertemente vigilados aún por la policía fascista, el hermano, que lo esperaba en Argentina, logró burlar esa dura vigilancia y emigró a ese país en 1924, donde por los conocimientos de plantas medicinales obtenidos durante su trabajo en la herboristería de una localidad del Valle de los Lagos, al oeste de la capital del Trentino, le valieron poder emplearse en una farmacia en Chascomús, localidad a unos 120 kilómetros al sur de Buenos Aires sobre la inmensidad de la pampa. Ahora le tocaba a él, Giuseppe, seguir la ruta marcada por su hermano mayor en esa tierra nueva y tan distinta a su amado Trentino y de la cual le había contado algunas cosas extrañas, por lo novedosas, en algunas de sus cartas.
Con un dejo de ilusión y de no disimulada tristeza evocó, ya recostado en la baranda de la nave sobre cubierta ya recostado en su litera antes de dormir, el rostro de aquella novia que había dejado atrás y con la cual aspiraba reunirse en el futuro cuando la suerte le fuera más propicia.

II

Después de varias semanas de agitada navegación el buque llegó a Buenos Aires el 8 de julio de 1928. Giuseppe y el resto de los inmigrantes a Argentina no pudieron desembarcar por ser fiesta nacional al día siguiente en conmemoración de la Independencia del país de la dominación española. Pasadas las celebraciones fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes a efectos de cumplir con los engorrosos requisitos de ingreso al país, culminados los cuales Giuseppe emprendió su viaje al sur de Buenos Aires al encuentro de su hermano Carlo, que ya no vivía en Chascomús sino en una pequeña localidad unos 38 kilómetros más al sur: Estación Lezama. En el incipiente pueblo, ya conocido como “Manuel J. Cobo”, su hermano se había instalado por entonces con farmacia propia y estaba a punto de contraer enlace con una descendiente de compatriotas originarios de la Campania.
El viaje en ferrocarril desde Buenos Aires hasta Estación Lezama le deparó las primeras impresiones contradictorias: la gran capital de Argentina era por entonces una ciudad europea -por sus pretensiones edilicias ya puestas de manifiesto con motivo de las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo de 1810-, y la serie de poblaciones a la vera del tendido ferroviario que mostraban construcciones en muchos casos solo de planta baja y sin ningún estilo, salvo algunas “esquinas” (almacenes de ramos generales) en medio de esa inmensidad. El contraste era muy fuerte. Y casi ridículo por lo extraño. Pero lo que más le impresionó fue esa gran llanura despojada de toda señal de vida civilizada, casi virgen todavía: la tan mentada “pampa”, semejante según algunos a las estepas siberianas que tan cerca estuvo de pisar cuando solo contaba dieciocho años durante la Gran Guerra.
Luego de instalado en el pequeño poblado donde vivía Carlo y de participar en las celebraciones por su boda, Giuseppe, siguiendo disciplinadamente los consejos de su hermano, esperó tres meses para buscar trabajo, mientras tanto se dedicó a aprender el idioma del país que, ¡oh, sorpresa!, tenía expresiones tan parecidas al dialecto que se hablaba en su Trentino natal.
Sus primeros trabajos fueron en la zona rural donde puso en práctica los conocimientos que había aprendido en el seno familiar, allá en el Palazzo delle Albere donde el grupo familiar se encargaba de toda la finca, los sembrados y los animales, como así también de las vides o de los grandes jardines de ese palacio de verano del Príncipe-Arzobispo de Trento. Durante todo ese tiempo las cartas a su familia iban y venían al ritmo lento de las comunicaciones de entonces. Así fue como se enteró de la temprana muerte de su padre en el año 1929, época en la cual para entonces la familia ya no vivía en el Palazzo debido seguramente a los altercados con las autoridades fascistas. Su padre, cuando murió, vivía en la Piazza delle Erbe en el centro de la ciudad de Trento, capital del Trentino. Durante diez años Giuseppe –ahora conocido en Argentina con el nombre castellanizado de José- siguió alimentando la esperanza de regresar al suelo natal y reencontrarse con sus seres queridos. Sus hermanas ya le habían señalado un trabajo en un bar que habían comprado precisamente frente a la misma Piazza delle Erbe. Eso y tramitar en el Consulado Italiano de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires su viaje de “rimpatrio” fue todo uno: cerca estaba ya el final de esta aventura argentina que culminaría con su regreso a la patria de la infancia. Pero en sus cálculos no estaban registrados los nubarrones que ensombrecían nuevamente los cielos de una Europa todavía no cicatrizada de los dolores de la Gran Guerra. Los tramites diligenciados en el Regio Consolato d´Italia en La Plata –asentados en el Passaporto que su familia conserva aún en Argentina- están datados el 6 de agosto de 1938. La Segunda Guerra mundial se desató diabólicamente poco después. Ya era tarde (¿o providencial?), Giuseppe, ahora José, debió abandonar sus aspiraciones de regreso, al menos por el momento. Lo que no sabía Giuseppe, ni le cabía en la cabeza en ese momento, es que no regresaría más a su amado Trentino, que ya no vería más las tres emblemáticas montañas que rodean su ciudad natal, ni su rosada y admirada Paganella. Pero lo que menos imaginaba era que se iniciaba la separación definitiva de su familia, y de su novia amada.

III

Se instaló en Chascomús luego de su experiencia rural de diez años por la pampa argentina. Poco a poco fue asimilando una nueva condición personal. Ya no era el protagonista de una intrigante aventura. Con el aplazo de su viaje de “rimpatrio”, se había iniciado una nueva condición para él: la del exiliado, la del que debe inventarse una nueva existencia ahora condicionada por los elementos que tenía a la mano, y que debía poner al servicio de un futuro para él todavía incierto. Conoció a una joven criolla de ascendencia vasca y con ella se casó. Formó su hogar como había aprendido en su tierra natal: con mucho recato, modestia y dando ejemplo permanente de laboriosidad y disciplina en la organización de las tareas de todos los días. El ciclo anual no tenía secretos para José. Se empleó en la Municipalidad de Chascomús y por mucho tiempo estuvo a cargo del vivero municipal. Nunca las plazas del pueblo habían mostrado la variedad de flores durante todo el año como cuando se encontraron a su cargo. Allí pudo volcar lo que había aprendido de su padre y hermanos cuando cuidaban los jardines del Palacio Arzobispal en Trento. Los diez años transcurridos en su nuevo terruño le habían abierto los secretos de las estaciones y cómo el clima se armonizaba con la naturaleza nativa. No obstante llevaba un control minucioso de ese  comportamiento simbiótico en una libreta de tapas de hule negro que guardaba en su casa  entre sus cosas, y que su hija todavía conserva.
José se casó en 1942. Su primer hijo nació en 1943, y al año siguiente su única hija. Se empeñó en darles la mejor educación y la mejor disciplina: la del trabajo. Eso bastó para mostrar una familia ejemplar, pues su esposa lo secundó respetuosamente en todo.
Los contactos con su familia en Italia a partir de entonces se hicieron solo en forma epistolar y ahora sin el ánimo del reencuentro. Su amor de juventud había quedado definitivamente en el pasado. Su esposa lo sabía, pues entre ellos no hubo secretos. No obstante su compañera, Doña Ana como la conocían, guardó los testimonios de ese secreto hasta el final. Con esfuerzo, con privaciones, y con un bien ganado respeto en la comunidad, su hijo se graduó como ingeniero y su hija como profesora de francés. Ambos se casaron y le dieron nietos, pero José no pudo conocer a ninguno pues falleció en un día de invierno de 1971 cuando su hermano Carlo (ahora Carlos desde que vivía en Argentina) lo había venido a visitar por la gravedad que había tomado la enfermedad  que padecía.
En su casa tenía un verdadero jardín que cultivaba con esmero e inteligencia pues del producto del mismo también se mantenía la economía de la casa. Eso no impedía que algunas de las especies fueran para dar gusto a su hija por la cual sentía un cariño muy especial y respetuoso. Sabía que ya no valía la pena volver a su Trentino amado pues, como él decía: “Ya no están los que he conocido”. Nunca renegó de su suerte. Ni aún en el peor momento de su enfermedad exhaló una queja. Afrontó con entereza y valor los dolores con que la Providencia lo probaba en los últimos momentos. Con ello demostró que su estirpe era como la piedra de los montes de su Trentino natal.


Epílogo.

Su hijo se casó con una cuyana y tuvo tres hijos. Su única hija se casó con un vecino de la ciudad –quien esto escribe- conocido de la familia y compañero de su hermano en la escuela secundaria, y tuvo siete hijos, seis de los cuales viven hoy fuera de la patria, a la manera de su abuelo italiano: dos en Italia (en el Trentino) y cuatro en el País Vasco. La séptima, que aún vive en Chascomús, pero que estuvo viviendo en el Trentino donde nació su hijo mayor –en Rovereto- tiene sus ojos puestos en la tierra de su abuelo José,  donde aspira, justamente, poder concretar un futuro diferente para sus dos hijitos. (¿Un nuevo exilio? o ¿un nuevo “rimpatrio”?).


ROBERTO RODOLFO de la CANAL
Chascomus

 Giuseppe María Vigilio BernardiGiuseppe algunos meses antes me morir

(c. diciembre 1970).

Ya enfermo, mantenía no obstante la mirada muy viva y penetrante. Se destaca sobre la tez muy blanca unos ojos clarísimos que impresionaban cuando se fijaban en los de uno. A pesar de ser una foto de estudio luce una camisa de trabajo, lo que denuncia a las claras su condición de modestia y de persona de trabajo, lejos de las vanidades y las frivolidades tan en común en sociedades tradicionales como las de la ciudad donde cerró sus ojos.  

Giuseppe María Vigilio BernardiEn una de las plazas del pueblo (c. 1932).

Giuseppe aún no se había planteado seguramente su estancia definitiva en Argentina. Trabajaba en la zona rural; en esta ocasión probablemente estaba de visita en Chascomús con unos amigos. El tipo de ropa define el perfil de cada uno: el primero de la izquierda seguramente paisano (gaucho) con traje de “domingo”, luce alpargatas con suela de yute, calzado común en el hombre de campo, y bombachas. El personaje del medio es el clásico “tinterillo” (compadrito o guapo), luce zapatos y un traje tradicional del hombre de la “ciudad”. A la derecha, Giuseppe, a quien la vestimenta denuncia a la legua que es un inmigrante extranjero no ha mucho llegado  a Argentina. Todos lucen sombreros que también los diferencian y una envidiable juventud. Los ojos de pícaros denuncian una jornada de paseo y solaz. 

 Giuseppe María Vigilio BernardiEnrolado en el ejército del Imperio Austro-Húngaro en 1918.

Esta fotografía ha sido tomada en estudio (Studio Fotografico G. Brunner & Co., Vía Grazioli, Trento. Fotogr.di S.S. Pio X), y lo muestra a Giuseppe en uniforme militar listo para presentarse en el frente bélico. Tenía 18 años al momento de la foto, aunque no hay que descartar que fuera incorporado a filas antes de cumplir esa edad, ya que al final de la Guerra había cumplido nueve meses de servicio. Luce con gallardía su uniforme militar y una mirada inocente le oculta por ahora los horrores que viviría en el frente. Lo acompaña un superior en jerarquía, tal vez de su amistad. En el reverso se lee (en italiano): “Beppi chiamato militare nel 1918 negli ultimi mesi della Ia. Guerra mondiale. Trento 1918”.

 

Huellas que hablan.

Escucho el susurro…
Los objetos hablan
Son estelas blancas flotando en el aire
O ásperas piedras de agreste montaña.
Los objetos hablan…
Lo oí cierto día
En la inocencia del rezo primero
O en la tristeza de un mirar cansado;
Nada comprendía.
Hoy se que me nombran
Me cuentan del río y su blanca espuma,
Del heno fresco y la amarga ausencia
De un trozo de luna;
Hoy se que me nombran
Susurrando apenas.

La libreta negra.

Un día cualquiera: Julio 1953.
“Sábado 11- bel tempo  andar echar tierra en la vereda repicar los conejitos”.
“Domingo 12- bel tempo repicar conejitos”.
“Lunes 13- bel tempo andar”.
Y así la sucesión de los días. Nada personal. Solo el tiempo. Y el trabajo.
Era una de sus libretas con las anotaciones diarias. Con tapas de hule negro y 200 hojas. Una de ellas iniciada el 29 de julio de 1951 y finalizada el 5 de junio 1958.
Son verdaderamente una guía de botánica, donde se puede apreciar los ciclos de la naturaleza y el estado del tiempo. Una rutina implacable. Pero creativa. Se puede seguir el proceso de una flor desde que se junta la semilla, luego se seca, se envasa, se siembra en su época, se trasplanta la joven especie, y nace la flor. Luego el registro de las plantas que se venden, y las guardadas para reproducción. Y así el ciclo que se cierra. Y se vuelve a abrir otra vez. Pero también la anotación de diversas plantas, gajos, injertos. El preparado de la tierra y su cuidado. Los trabajos brutos: colocación de postes, alambrados, enramadas. Pelar palos y cañas, etc., etc., etc. Pasaría horas enumerando las actividades que él desarrollaba en torno a una planta, a una flor, a una semilla.
Algunas de esas flores las encuentro aún hoy entre las páginas de algunos de los libros de mi biblioteca.
    
Agosto 1953.
“viernes 7 bel tempo calor andar sfrugnar ”.
“sábado 8 bel tempo calor andar vangar  y sembrar gipsofila

Ahora, cuando rememoro esta historia pasada, comprendo cómo el tiempo lo presionaba. Claro, había que llegar a punto, pues el ciclo anual no espera. Venía de trabajar fuera de casa, y continuaba aquí con su labor de jardinero. Por aquella época la casa de mi niñez era un paraíso: en otoño e invierno se distinguían los cuadros, prolijos y matemáticamente realizados. Y un vergel en primavera y verano. Amigos y vecinos de mi edad recuerdan hoy todavía haber venido con sus familiares a comprar plantas y flores, sobre todo las blancas gypsophilas para la fecha de los Fieles Difuntos.
Sensible como sus plantas, así era mi padre.
Lo recuerdo disfrutando de cada tarea, él y yo.

Ana María Bernardi

Comentarios 

 
0 # Delfina M.Turrina 09-01-2011 13:10
Felicito de corazon a quienes escribieron esta bella historia, leida "da un tratto" no hay mejor recuerdo para nuestros padres que escribir su historia de emigracion, sus sufrimientos, sun anhelos, sus deseo de regresar( y como mi padre tambien Giuseppe) nunca lo pudo hacer, pero jamas olvidar el lugar de nacimiento y lo vivido. El trabajo realizado donde sus hijos han nacido,Cuando se escribe estas magnificas historias queda un poco de paz en el alma de quienes los seguimos en la vida y ya los hemos perdido,la lucha y el trabajo hecho,la vida recta y honestidad, el guardar los recuerdos para siempre como un tesoro y trasmitirlos a los nietos. Hermosa historia, la emocion en esta mañana de domingo, me embarga el corazon recordando a los mios. COMPLIMENTI !LA MEMORIA É MOLTO IMPORTANTE PERCHÉ FA IL PRESENTE ED IL FUTURO DI UNA FAMIGLIA. BRAVI!!!!
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+1 # Ana María Bernardi 09-01-2011 17:43
¡Gracias Delfina por tus conceptos! Participamos de la misma emoción seguramente de todos los hijos de emigrados del Trentino con la tristeza de no haber regresado a su tierra natal. Mantener viva la memoria nos ayudará a lograr la paz que mencionas.
Ana María Bernardi.
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+1 # Paulo de la Canal B 09-01-2011 21:55
Gracias Mamá..gracias Papá!!cuanta belleza,ternura y una triste felicidad,repic a mi corazon!!!..les quiero y les tengo conmigo,..junto con el resto de mis hermanos,muy dentro mio...un beso,el flaquito.
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+1 # Ana María Bernardi 12-01-2011 14:06
Paulito: Tu sensibilidad es igual a la nuestra.Además por experiencia propia conoces lo que significa la emigración. Nosotros también te llevamos en el corazón a pesar de la distancia.Gracias hijo, Tus Padres.
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+1 # virginia de la canal 10-01-2011 01:57
cuan amargo el destino! y cuanta ternura al transitarlo!! gracias Ana, gracias Beto por haber sabido interpretar el sentimiento que un emigrado lleva consigo. y gracias por haberlo compartido y trasmitido a todos nosotros para mantener la memoria y proyectarnos a nuestro propio camino.
con cariño. la " coca"
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+1 # Ana María Bernardi 12-01-2011 14:11
Coca: La valentia acompaña al viajero, no por eso menos dura pero más llevadera,cuand o es acompañada por el cariño de los suyos. Gracias , Besos , tus Padres.
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+1 # MARIANO ROCA 11-01-2011 04:17
A nombre del Portal www.trentinos.com, agradezco a la familia De la Canal/Bernardi por su gentileza y por habernos abierto su corazón para transmitir a todos los internautas esta historia tan emocionante. Todos nos sentimos identificados con la vida de Giuseppe. Muchas gracias!! Un gran abrazo tirolés para todos ustedes. Y mantengan siempre este espíritu. ¡Muchas gracias, amigos!
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+1 # Ana María Bernardi 12-01-2011 13:59
Mariano: La vida de mi padre me duele, su sensibilidad me conmueve y su fortaleza me da valor .Gracias por compartir nuestros sentimientos. Muchas gracias. Ana Maria Bernardi.
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+1 # Delfina M.Turrina 13-01-2011 13:04
13.1.2011 Querida amiga Ana: solo se comparte estos sentimientos tan profundos en el corazon, cuando se lo ha pasado(digamos en general) y luego trasmitir eso a los hijos, se necesita tener una sensibilidad muy especial con estas vivencias de inmigracion, hay quien olvida el pasado o no lo sabe, pero la memoria es algo muy importante.Felicito que tus hijos lo lean y aprecien con tanto amor esta historia de vida. Delfina M.Turrina Secretaria Circulo Trentino de Bs.As. :-)
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+1 # Ana María Bernardi 14-01-2011 18:01
Querida Delfina : Desde que nuestros hijos eran muy pequeñitos, mi marido y yo les inculcamos el amor a la familia , sobretodo a la familia lejana, ellos enviaban fotos y escribian sus cartas. Hoy ya son grandes , algunos con familia, y agradecemos a Dios saber que ellos se comunican y se ayudan, pues ,salvo una, los demás están en España e Italia. Gracias por tu comunicación. Un abrazo, Ana Maria.
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+1 # juan de dios 16-01-2011 17:21
gracias mama y papa que dura es la vida ,se o puedo creer el dolor de la aventura de jose esa historia ami me d fuerza porque yo ahora me siento como el cuando emigro hacerme de valor y luchar en donde estoy,enseñar a mis hijos como lo hiso jose con sus hijos .hay un dicho no se si es asi o me lo invente yo ,son como las flores de jose mi abuelo el que cuida y ama lo que cria da sus frutos a bien.
apesar de la distancia los corazones siempre estan ahi tan juntos.un fuerte abrazo juan de dios de la canal bernardi,zaraut z pcia gipuzkoa pais vasco.
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0 # Ana María Bernardi 23-01-2011 03:03
HAS interpretado la historia de tu abuelo , y la has hecho tuya. DIOS da fuerza más de lo que nosotros nos imaginamos. Adelante Juan, un beso, mamá.
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