por Alicia del Carmen Mora de Tosolini
La primavera de 1927 abría los primeros capullos y el aire se embriagaba de dulces perfumes, permitiendo que las montañas del Trentino mostraran su inconfundible belleza.
En un pueblito llamado Lodrone una pareja de jóvenes soñaba con un mundo mejor. Ellos eran Lina y Giuseppe; ella una hermosa mujer de finos modales, él un campesino trabajador de enrizados cabellos y ojos color cielo. Se amaban, pero las dificultades de la vida presentaron sus tropiezos. Giuseppe pertenecía a una numerosa familia y la economía de la época no le permitía tener independencia. Lina se desempeñaba como ama de llaves en el castillo del Conde Carlos.
Es así como Giuseppe recibe el llamado de un tío que había emigrado a Argentina, se había casado pero no tenía hijos. El tío Antonio escribía cartas llamando a algún sobrino para que viniera a acompañarlo y dejarle un pequeño campo que poseía en la provincia de Córdoba, precisamente en un pueblito llamado Las Varas.
La correspondencia se intercambiaba con alas de esperanza y fe en el futuro; Giuseppe tomó la decisión de viajar a Argentina en busca de mejores horizontes pero prometiéndole a su querida Lina que pronto la traería para casarse.
Ella, que lo amaba inmensamente, comparte la idea y Giuseppe se prepara para partir junto a un amigo que también buscaba el progreso en la tierra Argentina, se embarca en el puerto de Génova en abril de 1927.
Los últimos días que Lina y Giuseppe estuvieron juntos fueron intensos, la pasión los envolvió con su rojo manto y las lágrimas acompañaron la despedida. Todo parecía desarrollarse con tranquilidad; pero en el seno de Lina una nueva vida comenzaba a latir, -ubicándonos en el tiempo y en una sociedad tan estructurada y religiosa como la del pequeño pueblo donde vivía-, la desesperación y la tristeza embriagaron su alma. Comenzó a ser la mal vista… pero con la ayuda de su familia y aferrándose al amor de Dios llevó adelante su embarazo y como dice una canción: “la ley de dar frutos es ley de la flor”, el fruto del amor vio la luz y el 30 de diciembre de 1927 nació un hijo al que llamó Giuseppe Luigi, cariñosamente “Beppino”.
Lo crió de la mejor manera, pero ese hijo llevaba el apellido materno pues su padre estaba a miles de kilómetros y un inmenso mar los separaba. Todo fue difícil, Giuseppe en sus cartas decía que los quería con él pero la vida en Argentina no fue tan fácil, sus tíos no podían ayudarlo a mandar dinero a Italia y tuvo que emplearse para poder subsistir.
Las cartas y fotografías iban y venían con la lentitud de la época; mientras tanto Beppino crecía y los años pasaban sin poder conocer a su padre, su madre trabajó siempre para que nada le faltara y hasta pudo hacer que tuviera una profesión: electricista.
El tiempo transcurría… Las dificultades eran cada vez mayores; pero lo peor fue el flagelo de
En Buenos Aires los esperaba Giuseppe, que en el Hotel de los Inmigrantes se casó con Lina y le dio el apellido a su hijo. Se instalaron en Las Varas y formaron la familia que tanto soñaron en esta tierra que le abrió las puertas ofreciéndole un mundo mejor.
NOTA: Luego de 30 años, Beppino pudo volver a su tierra en 1978 para visitar a sus tíos y primos. El destino quiso que falleciera en Trento el 19 de septiembre de ese año.
Este relato obtuvo el tercer premio, en la categoría Adultos, del Concurso Literario del Bicentenario. Pozo del Molle (Córdoba), Septiembre de 2010.








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Una nueva vida es más importante que los prejuicios de una sociedad hipócrita.
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¡El amor es más fuerte que la hipocresía!