jSharing - JA Teline III

BolognaniMi tío Antonio

 Por Ferruccio Bolognani

Me levanto al alba. ¿Cómo puedo decir “me levanto” si, a pesar de estar muy cansado, no he podido pegar un ojo en toda la noche? Extendí un colchón en el piso de la calurosa habitación, en este húmedo verano argentino, intentando refrescar el ambiente. Estoy viviendo la Navidad en la pobreza de una choza. Desde las primeras horas de la mañana se empieza a cocinar.

Solo la losa del techo y las paredes dan un poco de sombra. Ni siquiera un primitivo y ruidoso ventilador logra refrescar la habitación. Esta noche casi me electrocuto con el aparato. Sin embargo, sin un poco de aire, los mosquitos hubieran reiniciados sus danzas. Así es que tuve que aguantar el martillar incesante de su motor cansado. Una experiencia inolvidable.

Encuentro una vieja caja de zapatos. Desato los cordones y noto que en su interior se custodian cartas y apuntas amarillentos de mi tío Tonino. Cenizas del sufrimiento que, superado el entusiasmo inicial y el espíritu de aventura, tuvo que afrontar durante su experiencia de emigración. Páginas que reflejan humillaciones y un sentimiento de nostalgia, un deseo irrealizable de regresar a Italia. Una historia de película. Si cierro los ojos, veo las imágenes de un film que recrea en mi mente el desembarco de los italianos en el puerto de Nueva York. Para Tonino, en cambio, el desembarco fue en Montevideo, en la otra América.

Se había embarcado en Génova, cuando tenía apenas diecinueve años, el 6 de agosto de 1924. Atrás había quedado el valle de Cavedine. Tenía por delante una tierra prometida. Tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en los valles trentinos la pobreza llevaba a soñar con otros horizontes. Los jóvenes, una vez finalizada la reclusión en los campos del imperio austrohúngaros y al volver a sus pueblos de origen, ya no soportaban la indigencia. Las familias, aun cuando no hubieran estado involucradas en la primera línea del frente de batalla, estaban laceradas por los sufrimientos y la falta de los elementos mínimos para llevar una vida digna. Los hijos mayores no querían ser un peso para sus padres, que se habían quedado sin vacas, sin semillas y con muchas bocas para alimentar. Era legítimo pensar en otro futuro. Y así muchos soñaron con la lejana América, a pesar de las noticias confusas acerca de las dificultades que atravesaban los emigrados a la Argentina y Brasil. Era suficiente tener el dinero para comprar el pasaje en barco porque, según les prometían quienes los reclutaban, una vez desembarcados el trabajo y la riqueza estarían alcance de la mano.

Con tres amigos Antonio se preparó para la aventura. La idea era vivir en el extranjero cuatro o cinco años y hacer fortuna, para luego regresar a la patria. Tal vez fuera de ellos la canción que dice “Si tuviera 100 liras, a América quisiera ir...”. “¿Qué son cuatro o cincos años?”, repetía Antonio a su madre Luigia, viuda con diez hijos. ¡Pero qué triste fue el momento de la despedida! El último atardecer en el valle. Las sombras de la noche caían demasiado deprisa. El sonido de las puertas que se cerraban tras el saludo a los familiares. El largo abrazo con los hermanos y la madre. Le quedaría, por un largo tiempo, el sabor agridulce de las lágrimas que debió tragarse bajo el claro de luna para no reflejar ningún signo de arrepentimiento.Bolognani

El caballo de Lino, su hermano, estaba acostumbrado a enfrentar el camino blanco y polvoriento, incluso en la oscuridad de la noche. Desde Drena bajaron hacia el valle del Sarca. Llegaron al puerto de Riva, sobre el lago de Garda, con las primeras luces del amanecer. De allí, Tonino tomó el vaporetto rumbo a Desenzano. Y tras decir adiós al Trentino, hizo su primer viaje en tren hacia Génova. Allí la melancolía dejó paso a las ganas de vivir con intensidad la última noche en el suelo patrio. Quienes reclutaban trabajadores italianos los obligaban, sin ningún escrúpulo, a firmar documentos con cláusulas misteriosas. Había tanta euforia y tanta esperanza que ninguno pensó que las promesas pudiesen convertirse en burdas mentiras. Todos querían “hacer la Mérica. En Nápoles se embarcaron muchas familias. El barco estaba colmado de cuerpos que se movían con dificultad, apretados como mercancías. Las lágrimas de quienes se despedían de Italia eran sofocadas por el canto: “Nosotros italianos trabajadores, alegres vamos a Brasil… Ustedes, señores de Italia, se quedan trabajando con su pala”. La navegación era muy lenta. Apenas llegados al Atlántico, la nave “Sirio” enfrentó una tormenta. Muchos sufrieron el “mal del mar”. Algunos se enfermaron. Luego, en la zona ecuatorial, la marejada frenó la marcha del barco.

Mientras interpreto los apuntes de Antonio, desempolvo un libro de 1940. Algunas páginas aparecen señaladas, como si mi tío hubiese sentido como propias las peripecias descriptas por Sergi en la “Historia de los italianos en la Argentina. Se refieren a la emigración hacia Brasil de 1876: muchos murieron en el viaje por no contar con asistencia médica. Todos los días un cuerpo era arrojado al mar y quedaba sepultado bajo las olas del océano. Más que un barco de pasajeros, viajaban en “nave cargada de personas amontonadas como ovejas camino al matadero. Apretujadas como sardinas enlatadas, iban junto a los animales que llevaban consigo, sin el menor respeto por las normas higiénicas y con alimentación insuficiente, rodeados por la  enfermedad y por la muerte”. Leí más adelante que la nave “Bruzzo” había navegado durante tres meses, arrojando cadáveres al mar. Y supe que algunos diarios se preguntaban si “Brasil  convocaba  a los italianos  para poblar la tierra o los cementerios”. Los futuros colonos llegaban hambrientos y desesperados, dispuestos a trabajar en cualquier oficio. Con sus mujeres e hijos, los supervivientes debían afrontar largos viajes hasta llegar a las plantaciones de algodón y de café en el Mato, esa misteriosa selva brasileña.

Incumplidas las promesas y afrontando con soledad un destino misterioso, los italianos se encontraban con la humedad del clima, el peligro de los insectos y una alimentación insuficiente: “Carne de cebú seca y salada, generalmente en estado de deterioro y con olor putrefacto. Maíz con harina de trigo de muy pobre calidad, harina de mandioca ácida, bacalao que olía asquerosamente y estaba repleto de gusanos”. Se había corrido la voz de que algunos tiroleses, para sobrevivir, habían debido alimentarse de su propio hijo muerto. En una carta de aquel tiempo se lee: “Estamos como los animales: sin sacerdote, sin médico. No podemos enterrar siquiera a nuestros muertos. Estamos peor que si fuésemos perros encadenados. Decile al patrón que preferiría volver a trabajar en su chiquero en Italia, antes que seguir en este palacio de América”. En la desesperación, algunos aceptaban las ofertas de los grandes hacendados y partían hacia el interior, apretados en vagones para transporte de ganado. Luego continuaban a pie o a lomo de mula otros 60 kilómetros, en medio de la selva, y quedaban a las órdenes de un ex esclavo o, a veces, incluso de algún italiano que, con un poco más de suerte, oficiaba de capataz y trataba a sus compatriotas en forma despiadada. Todos eran explotados desde el alba hasta el atardecer, a cambio de un poco de café. El dinero, por lo general, debían gastarlo en el único negocio del pueblo, sin posibilidad de disponer de los ahorros o encontrar precios más baratos.

En chozas de paja, expuestas a los ataques de animales de la selva, incluso las mujeres y los niños sobrevivían trabajando para el patrón en condiciones humillantes. Algunos cantaban: “… A la Mérica hemos llegado, no encontramos ni paja ni heno, hemos dormido en la tierra y como bestias hemos descansado”. ¿Quién podía controlar allí el respeto de las cláusulas de los contratos y velar por los derechos de los inmigrantes? Las cartas tardaban meses en llegar a Italia y su contenido disfrazaba la trágica situación que vivían para no preocupar a los parientes y amigos que se habían quedado en la patria, esperando su regreso. Basta recordar la experiencia de un tal Ugo Gelain.

“... Hemos escapado de este infierno. Luego de días de marcha en la selva, logramos atravesar el río Santa Cruz. Encontramos una choza, pero la familia que vivía allí se negó a cobijarnos. Tal vez temieran que fuéramos peligrosos. Pasamos la noche en un chiquero. Pedimos un poco de agua caliente para aliviar el estómago. Los perros destruyeron nuestras mochilas y se robaron todo el café, mientras que el azúcar se había licuado en el agua del río… Era una noche intensamente fría y nosotros estábamos mojados y sin comida. Aterrorizado, le dije a mi compañero Alfredo Caon: “Alfredo, cuando llegas a casa, contá nuestra tragedia y decile a mi padre que morí de frío y de hambre”. Mi compañero, con su aliento, me mantuvo caliente durante dos horas. Y Dios quiso que yo no muriera allí”.

El barco de mi tío Antonio tocó dos puertos brasileños, pero él descendió en Montevideo, capital del Uruguay. No encontró un clima muy diferente. Algunas líneas de su diario esconden los sufrimientos que debió soportar, con la esperanza de salir de la humillante situación en la que se encontraba. Se sentía joven y tenía energía. Junto con tres amigos reunieron coraje y trabajaron durante un tiempo como estibadores y como albañiles, pero terminaron por dispersarse. Antonio llegó a la convicción que el mejor lugar para hacer fortuna era Argentina, más precisamente la zona de Córdoba. En 1929 se casó con Domitilla, una mujer de origen español que vivía en una estancia. Los pocos ahorros que tenían les permitieron construirse una pequeña casa en la periferia. Sin embargo, el trabajo obligaba a mi tío a estar lejos del hogar. Regresaba una o dos veces al mes. Entre 1930 y 1935 nacieron sus hijos: Luisa, Nela y Enrico. Las cartas enviadas al Trentino demuestran la emoción y la nostalgia que tenían, y el deseo de llevar a Italia a sus hijos apenas fueran un poco más grandes. Antonio quería que ellos visitaran a la nonna Luigia y pudieran conocer el valle de Cavedine.

La noticia de la muerte de Luigia cayó como una bomba, a poco del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Y el entusiasmo ya no fue el mismo. De todos modos, Antonio encontró consuelo y pudo reencontrarse con viejos amigos en el Círculo Trentino de Córdoba. Él, que era albañil y había construido muchos edificios, dedicó muchas horas trabajando en la edificación de la sede del Círculo, como me contó el ex presidente de la institución Guido Pomarolli.  A pesar  de su resignación a vivir una vida al límite de la dignidad, tuvo el proyecto de abrir una empresa de construcción para conseguir así una mejora económica. Lamentablemente, Domitilla se enfermó y no contaban con ninguna ayuda para pagar los remedios y su internación. Así fue como se evaporaron los últimos ahorros. Una ayuda económica esperada, que llegaría desde Italia, nunca se completó y se alejó el sueño de comprar una casa más cómoda. El préstamo que había obtenido del banco era en dólares y la devaluación del peso argentino agravó aún más su deuda. Murió su esposa y las dos hijas mujeres se casaron. Antonio podría haber viajado a Italia y visitar por última vez la tumba de sus padres. Pero le faltó el dinero y el coraje. La humillación de la derrota hace aún más triste la vida del inmigrante que no puede cumplir su sueño. Un segundo matrimonio a veces puede llenar ese vacío o dar serenidad a la vejez. Antonio no pudo: murió en agosto de 1975. Su hijo Juan Enrique apenas hizo a tiempo a contarle su viaje de mochilero al Trentino.

La historia escrita en tinta es apenas legible en las hojas amarillentas del diario del tío Antonio. Parece imposible que en tan poco espacio se encuentren encerrados tantos dolores y esperanzas. Él fue uno de los tantos inmigrantes italianos, uno de aquéllos que no tuvieron suerte y fueron derrotados. Juan Enrique se pregunta cuál fue el motivo que tuvo su padre para abandonar el Trentino. ¿Por qué no lo frenaron sus padres y sus hermanos? ¿Cómo hago yo para responder hoy, en esta Navidad veraniega, esa pregunta? Se me hace un nudo en la garganta cuando pienso en la tristeza que los inmigrantes sintieron en esta lejana tierra.

 

Córdoba, Navidad de 1986 

Traducción y adaptación al español: Mariano Roca

Comentarios 

 
+1 # delfina m turrina 26-06-2011 14:09
:sad: Pongo esta carita triste, porque ésta historia, tan bien detallada, sobre todo, la parte de la navegación hacia el porvenir, es sumamente dramatica, suficiente para que las lágrimas inunden los ojos, de ésta hija, recordando la de su padre en ése mismo año 1924.Que sufrimiento! y que pocos hicieron fortuna y retornar, al menos, de visita a la Patria de origen.Las nuevas generaciones deberian leer éstas historias, no para remover el dolor sino para respetarlo! Ahora va la carita :-) para dar gracias a Ferruccio, autor, y a nuestro querido Mariano, con su adaptación al español y darle el mismo "toque" de emoción y realidad de la versión italiana, cosa para nada fácil pero que lo logra maravillosament e.
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0 # eduardo 16-07-2011 15:20
una narracion dura pero real y seguramente con miles de casos similares, por eso es importante valorar el terruño y luchar para conseguir los cambios en nuestra propia tierra para no padecer lo que padecieron nuestros ancestros inmigrantes.Un abrazo para tio Ferruccio por la narrativa tan emotiva.
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0 # adelia meneghini 29-09-2011 15:51
Realmente son historias de dolor,pero solo habiendo conocido el pais que debieron abandonar nuestros ancestros uno comprende lo que han debido sufrir nuestros abuelos y como han debido luchar para su supervivencia. Son de admirar.
Cuando conocí el Trentino, alli recién comprendi plenamente a mis abuelos y a mi padre, primer hijo nacido en Argentina.
mis respetos hacia todos aquellos que abandonaron su tierra buscando un horizonte mejor y debieron aceptar tantas ignominias!!!
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0 # Webmaster 29-09-2011 19:26
Como reimpatriado en Italia y al mismo tiempo emigrado de Argentina puedo entender perfectamente lo que sufrieron nuestro abuelos. Dejar una tierra, amigos y familia no es facil, aun hoy que las comunicaciones y los viajes acortan las distancias...

Luis
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