Mi tío Antonio
Por Ferruccio Bolognani
Me levanto al alba. ¿Cómo puedo decir “me levanto” si, a pesar de estar muy cansado, no he podido pegar un ojo en toda la noche? Extendí un colchón en el piso de la calurosa habitación, en este húmedo verano argentino, intentando refrescar el ambiente. Estoy viviendo
Solo la losa del techo y las paredes dan un poco de sombra. Ni siquiera un primitivo y ruidoso ventilador logra refrescar la habitación. Esta noche casi me electrocuto con el aparato. Sin embargo, sin un poco de aire, los mosquitos hubieran reiniciados sus danzas. Así es que tuve que aguantar el martillar incesante de su motor cansado. Una experiencia inolvidable.
Encuentro una vieja caja de zapatos. Desato los cordones y noto que en su interior se custodian cartas y apuntas amarillentos de mi tío Tonino. Cenizas del sufrimiento que, superado el entusiasmo inicial y el espíritu de aventura, tuvo que afrontar durante su experiencia de emigración. Páginas que reflejan humillaciones y un sentimiento de nostalgia, un deseo irrealizable de regresar a Italia. Una historia de película. Si cierro los ojos, veo las imágenes de un film que recrea en mi mente el desembarco de los italianos en el puerto de Nueva York. Para Tonino, en cambio, el desembarco fue en Montevideo, en la otra América.
Se había embarcado en Génova, cuando tenía apenas diecinueve años, el 6 de agosto de 1924. Atrás había quedado el valle de Cavedine. Tenía por delante una tierra prometida. Tras
Con tres amigos Antonio se preparó para la aventura. La idea era vivir en el extranjero cuatro o cinco años y hacer fortuna, para luego regresar a la patria. Tal vez fuera de ellos la canción que dice “Si tuviera 100 liras, a América quisiera ir...”. “¿Qué son cuatro o cincos años?”, repetía Antonio a su madre Luigia, viuda con diez hijos. ¡Pero qué triste fue el momento de la despedida! El último atardecer en el valle. Las sombras de la noche caían demasiado deprisa. El sonido de las puertas que se cerraban tras el saludo a los familiares. El largo abrazo con los hermanos y la madre. Le quedaría, por un largo tiempo, el sabor agridulce de las lágrimas que debió tragarse bajo el claro de luna para no reflejar ningún signo de arrepentimiento.
El caballo de Lino, su hermano, estaba acostumbrado a enfrentar el camino blanco y polvoriento, incluso en la oscuridad de la noche. Desde Drena bajaron hacia el valle del Sarca. Llegaron al puerto de Riva, sobre el lago de Garda, con las primeras luces del amanecer. De allí, Tonino tomó el vaporetto rumbo a Desenzano. Y tras decir adiós al Trentino, hizo su primer viaje en tren hacia Génova. Allí la melancolía dejó paso a las ganas de vivir con intensidad la última noche en el suelo patrio. Quienes reclutaban trabajadores italianos los obligaban, sin ningún escrúpulo, a firmar documentos con cláusulas misteriosas. Había tanta euforia y tanta esperanza que ninguno pensó que las promesas pudiesen convertirse en burdas mentiras. Todos querían “hacer
Mientras interpreto los apuntes de Antonio, desempolvo un libro de 1940. Algunas páginas aparecen señaladas, como si mi tío hubiese sentido como propias las peripecias descriptas por Sergi en la “Historia de los italianos en
Incumplidas las promesas y afrontando con soledad un destino misterioso, los italianos se encontraban con la humedad del clima, el peligro de los insectos y una alimentación insuficiente: “Carne de cebú seca y salada, generalmente en estado de deterioro y con olor putrefacto. Maíz con harina de trigo de muy pobre calidad, harina de mandioca ácida, bacalao que olía asquerosamente y estaba repleto de gusanos”. Se había corrido la voz de que algunos tiroleses, para sobrevivir, habían debido alimentarse de su propio hijo muerto. En una carta de aquel tiempo se lee: “Estamos como los animales: sin sacerdote, sin médico. No podemos enterrar siquiera a nuestros muertos. Estamos peor que si fuésemos perros encadenados. Decile al patrón que preferiría volver a trabajar en su chiquero en Italia, antes que seguir en este palacio de América”. En la desesperación, algunos aceptaban las ofertas de los grandes hacendados y partían hacia el interior, apretados en vagones para transporte de ganado. Luego continuaban a pie o a lomo de mula otros
En chozas de paja, expuestas a los ataques de animales de la selva, incluso las mujeres y los niños sobrevivían trabajando para el patrón en condiciones humillantes. Algunos cantaban: “… A
“... Hemos escapado de este infierno. Luego de días de marcha en la selva, logramos atravesar el río Santa Cruz. Encontramos una choza, pero la familia que vivía allí se negó a cobijarnos. Tal vez temieran que fuéramos peligrosos. Pasamos la noche en un chiquero. Pedimos un poco de agua caliente para aliviar el estómago. Los perros destruyeron nuestras mochilas y se robaron todo el café, mientras que el azúcar se había licuado en el agua del río… Era una noche intensamente fría y nosotros estábamos mojados y sin comida. Aterrorizado, le dije a mi compañero Alfredo Caon: “Alfredo, cuando llegas a casa, contá nuestra tragedia y decile a mi padre que morí de frío y de hambre”. Mi compañero, con su aliento, me mantuvo caliente durante dos horas. Y Dios quiso que yo no muriera allí”.
El barco de mi tío Antonio tocó dos puertos brasileños, pero él descendió en Montevideo, capital del Uruguay. No encontró un clima muy diferente. Algunas líneas de su diario esconden los sufrimientos que debió soportar, con la esperanza de salir de la humillante situación en la que se encontraba. Se sentía joven y tenía energía. Junto con tres amigos reunieron coraje y trabajaron durante un tiempo como estibadores y como albañiles, pero terminaron por dispersarse. Antonio llegó a la convicción que el mejor lugar para hacer fortuna era Argentina, más precisamente la zona de Córdoba. En 1929 se casó con Domitilla, una mujer de origen español que vivía en una estancia. Los pocos ahorros que tenían les permitieron construirse una pequeña casa en la periferia. Sin embargo, el trabajo obligaba a mi tío a estar lejos del hogar. Regresaba una o dos veces al mes. Entre 1930 y 1935 nacieron sus hijos: Luisa, Nela y Enrico. Las cartas enviadas al Trentino demuestran la emoción y la nostalgia que tenían, y el deseo de llevar a Italia a sus hijos apenas fueran un poco más grandes. Antonio quería que ellos visitaran a la nonna Luigia y pudieran conocer el valle de Cavedine.
La noticia de la muerte de Luigia cayó como una bomba, a poco del inicio de
La historia escrita en tinta es apenas legible en las hojas amarillentas del diario del tío Antonio. Parece imposible que en tan poco espacio se encuentren encerrados tantos dolores y esperanzas. Él fue uno de los tantos inmigrantes italianos, uno de aquéllos que no tuvieron suerte y fueron derrotados. Juan Enrique se pregunta cuál fue el motivo que tuvo su padre para abandonar el Trentino. ¿Por qué no lo frenaron sus padres y sus hermanos? ¿Cómo hago yo para responder hoy, en esta Navidad veraniega, esa pregunta? Se me hace un nudo en la garganta cuando pienso en la tristeza que los inmigrantes sintieron en esta lejana tierra.
Córdoba, Navidad de 1986
Traducción y adaptación al español: Mariano Roca


Comentarios
Cuando conocí el Trentino, alli recién comprendi plenamente a mis abuelos y a mi padre, primer hijo nacido en Argentina.
mis respetos hacia todos aquellos que abandonaron su tierra buscando un horizonte mejor y debieron aceptar tantas ignominias!!!
Luis