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Historia de Alberto Ángel Benedetti (1914 - 1987)

Alberto Benedetti e Ines NervoEste es el recuerdo de un inmigrante trentino llegado a la Patagonia Argentina. Su nombre es Alberto Ángel Benedetti, nacido en Marter (Valsugana) el 7 de abril de 1914. En 1928, a los 14 años, emigró con toda su familia, integrada por sus padres y ocho hermanos. Se establecieron en Villa Regina. Alberto se casó con Inés Nervo, también trentina, natural de Roncegno (Valsugana). Tuvieron cinco hijos y dieciocho nietos.

La familia Benedetti fue una de las fundadoras del Círculo Trentino de Villa Regina en 1964. Los nietos de Alberto e Inés aún hoy participan activamente en la vida de la institución, recordando siempre las tradiciones trentinas.

Alberto falleció en 1987 sin haber jamás regresado a su tierra trentina.

A continuación, su testimonio del año 1984.

Testimonio

“Estamos en 1879. La Patagona Argentina, una meseta ubicada en la zona más austral de América del Sur, estaba en ese momento habitada únicamente por aborígenes, quienes vivían libremente en esas tierras que eran suyas y se dedicaban a la caza y a la pesca, a las órdenes de un jefe –el cacique–, como ocurre con todos los grandes grupos humanos.

La Patagona es una tierra inhabitable debido a los altos vientos a los que se encuentra expuesta, según señalaba el gran naturalista inglés Darwin hacia fines del 1700. El indio vive en tiendas fabricadas con la piel de los animales que caza. La debilidad de los aborígenes es que se unen formando grandes grupos, el famoso “malón”, que penetra en territorio poblado por blancos, rapta a las mujeres, asesina al resto de sus habitantes y huye con las ovejas, que tienen una carne más sabrosa que la del guanaco (caballo americano que aún hoy recorre las mesetas patagónicas).

Naturalmente, esta situación llegó a su fin cuando el gobierno argentino preparó a su ejército, armado con fusiles modernos, para derrotar a los indios araucanos y derrotar a su rey Namuncurá. El ejército ocupó entonces este inmenso territorio y de los campamentos militares que se instalaron nacieron las actuales ciudades de la Patagona. El cacique indio fue confinado con su gente primero a Chimpay, en la orilla del Río Negro y, luego, por voluntad de los propios aborígenes, éstos fueron trasladados a las montañas: los Andes Patagónicos.

Comenzó entonces el desarrollo de la agricultura en ese inmenso territorio deshabitado y fértil, sobre las márgenes del río que fue llamado el “Nilo argentino”. Con los soldados recién llegados y civiles que comenzaron a dedicarse a la ganadería y algún rudimentario agricultor que demostró la fertilidad de estos suelos, lo único que faltaban eran brazos y voluntad de trabajar. Naturalmente, también faltaba infraestructura, calles y viviendas. El ferrocarril era el único medio que lograría unir en estos lejanos tiempos la tierra patagónica con la metrópolis.

Es importante aclarar que en esta zona llueve muy poco y las tierras son irrigadas con el agua proveniente del gran Río Negro. En el valle viven hoy muchos trentinos que se sacrificaron como inmigrantes. Todos recuerdan que el primer inmigrante fue el Padre Stefenelli, misionero salesiano nacido en Italia en 1864 y llegado al fuerte General Roca en 1885. También habían llegado con el ejército otros dos misioneros: los padres P.S. Costamagna y Luis Botta.

Así, nuestros misioneros no sólo deben dar catequesis, sino también pensar en el alimento para los niños aborígenes que van a la escuela. Gracias a la comunidad, obtienen un motor a vapor, con el cual transportan el agua e irrigan muchas hectáreas de tierra con un resultado extraordinario. En vista de esto, se construye, con la ayuda del ejército, un canal denominado “el canal de los soldados”. Así comienza la colonización del Alto Valle del Río Negro.

El proceso será lento, ya que se construye por etapas, sobre la línea troncal del ferrocarril que va desde Bahía Blanca hasta Zapala. Se finaliza luego de veinte años. En esta construcción intervienen varios trentinos. No sabemos cuándo llegan los primeros trabajadores, pero suponemos que entre 1917 y 1918. Las primeras plantaciones son viñedos; más tarde llegarán las frutas, manzanas y peras, en primer lugar.

En 1924 se fundó en Buenos Aires la “Compañía Italo-Argentina de Colonización”, que no tenía fines patrióticos, sino que se trataba de un negocio como cualquier otro. Se compararon 50.000 hectáreas de tierra a buen precio, se dividieron en parcelas de 5, 10 y 15 hectáreas y aun más grandes, se construyó una casa, puentes, se excavaron canales de irrigación y se nivelaron las primeras calles. A cada familia que adquiría un lote, la compañía entregaba un crédito de 200 pesos durante dos años, para adquirir caballos y herramientas de trabajo. Todo, con un interés anual del 7,5%. La compañía mandó un agente a Italia, que estuvo en el Trentino en 1927.

Cabe recordar que en esos años hubo una masiva emigración tanto del Trentino como del Véneto. En 1928, más de 40 personas partieron entre enero y abril hacia la Argentina desde el Trentino. No todos se establecieron en Villa Regina. Los que sí lo hicieron venían del pequeño pueblito de Marter, en la Baja Valsugana.

En Villa Regina ya existía una comunidad trentina y dos empleados de la compañía eran del Trentino. En poco tiempo comenzaron a llegar personas desde Tesero, Castel di Pancio, Roncegno, Marter, Ronchi, Santa Brigida, Torcegno, Borgo, Castelnuovo, Stenico, Bieno, Bozantino, del Val di Non, de la Vallagarina. Así comienza la vida de nuestros inmigrantes, con todas las limitaciones que puede haber en una colonia nueva, donde siempre falta algo, pero todos se ayudan…. ya que riendo, lo demás se hace con ingenio… ¡La salud! Por suerte, son todos jóvenes, ya que el hospital más cercano se encuentra a 70 kilómetros. El primer médico fue el Dr. Ramón Melgol, luego reemplazado por el Dr. León Ognisin, italiano que permanecerá en la colonia durante casi 20 años.

La educación es otro problema. Las escuelas están lejos y había pocos vecinos en las casitas que se fueron construyendo a lo largo del valle. En el caso de nuestra zona, se debieron comprar ladrillos, cal y cemento y, durante una sucesión de domingos, la diversión de grandes y chicos fue la construcción de dos aulas y una pequeña casa para los maestros. El gobierno envió docentes y útiles escolares. Así, nuestros niños y jóvenes comenzaron a estudiar el alfabeto castellano. Muchos que hoy tienen los cabellos blancos aprendieron a escribir en esas aulas. Había también una escuela italiana en Villa Regina, financiada por la Compañía.

Un misionero salesiano se encargaba de la asistencia espiritual, recorriendo los campos a caballo o a lomo de burro. Era un friulano corajudo, de buen corazón, que ayudaba a todo aquel que podía. Cuando se habla de pueblo, hay que recordar que se trataba en realidad de una única estación de tren, un destacamento de la policía y algún negocio. Con el tiempo, la población fue aumentando. Las poblaciones del Valle se distinguieron por el número de kilómetros que las separaban de Buenos Aires. Por ejemplo, Villa Regina se encontraba en el kilómetro 1106, un pueblito cercano fue denominado 1113 y durante varios años siguió llamándose así, mientras se le buscaba un nombre.

Ciertamente, el panorama parecía deprimente. La tierra era una planicie, sin plantas y con arbustos espinosos propios de la estepa. De fondo, las “bardas” que sobresalían del resto de la llanura. En el fondo, el río daba algo de vida al paisaje, con unos pocos sauces que crecían en sus márgenes. Se trata de un río muy grande, con un caudal de más de 1.000 metros cúbicos por minutos. Años atrás fue navegable, pero siendo un río con grandes bancos de arena, las naves encallaban fácilmente. El río Negro nace 90 kilómetros al oeste de Villa Regina, en la confluencia con el Limay (que viene desde el sudoeste) y con el Neuquén (que viene del noroeste). Sobre el río Neuquén se construyó una represa, en base a un proyecto del ingeniero italiano Cesare Cipolletti, que hoy irriga todo el valle.

Sin embargo, no hay tiempo para observar el paisaje. Es necesario nivelar el campo para poder irrigar los cultivos. Para ello se utiliza el “rastrón”, un enorme palo de hiero, tirado por cuatro caballos, con una larga palanca que servía para controlar la carga y descarga. Así pasan días, semanas y meses… Mientras uno trabajaba con los caballos, otros se dedicaban a diversas tareas y a sembrar cuando el terreno ya estaba listo. El viento fue el gran enemigo: cuando soplaba día y noche, tapaba los canales con arena y formaba pequeñas dunas. Era necesario emplear largas jornadas para reparar estos daños. En los terrenos muy salitrosos, el daño causado por el viento era muy grave.

Pero esta gente estaba decidida a vencer y superó también este obstáculo. La mayoría –por no decir, todos– estaba convencida que ya no regresarían a sus países. Hacerse ricos era una utopía. Sería necesario trabajar muy duro para el futuro, el de su familia y el de sus hijos. Casi todos habían vendido todo lo que tenían para emigrar, tal como hizo el conquistador español que quemó las naves a fin de que ninguno de sus viajeros pudiera regresar. Establecidos en esta tierra alejada de la civilización, crearon proyectos y trabajaron muchísimo, lejos de su tierra natal. Con sus seres queridos en Italia mantenían contactos fluidos, y de tanto en tanto, llegaba algún paisano con noticias frescas desde allá.

Y comenzó la cosecha… ¡abundante! La tierra fue generosa, pero no acompañó la buena fortuna. En 1930 comenzó la crisis mundial, una crisis económica que duró hasta 1935 y que llevó a precios irrisorios al maíz y las papas. Todo se paralizó y para los pobres colonos fue un desastre. Debían continuar viviendo, pagando sus deudas, que crecían y aumentaban sus intereses. Poco a poco las viñas comenzaron a producir, pero el vino no se vendía. Las pocas bodegas estaban llenas y no había lugar donde guardar el vino.

Mientras tanto, los trentinos, friulanos, piamonteses y todos los demás –no digo que hayan inventado la grapa– pero colocaban en tinas de cemento a fermentar la uva y trabajaban día y noche en la destilación de un producto que, si bien no era muy conocido, era buscado y se vendía en todo el sur. Se trataba de un contrabando, pero las autoridades hacían la vista gorda. Así se pudieron comenzar a pagar las deudas con la compañía. Por eso, la grapa ocupa un lugar destacado en la historia de Villa Regina.

Mientras tanto, los intereses de las deudas se acumulaban. Las cosas se volvieron difíciles y la Compañía comenzó a hipotecar las casas. De ese modo, nuestros colonos ya no tenían uno sino dos patrones. El banco daba al colono el 30% del producto. Al final, la situación llegó a un punto crítico, dificilísimo. El Banco Hipotecario decidió vender en remate todas las propiedades. Fue una noticia tristísima para todos.

Monseñor Nicolás Esandi era el obispo de nuestra región. Un obispo duro como todos. Comenzó a organizar una comisión de colonos, que luego de dos años de lucha contra las autoridades, lograron una solución legal –o quasi legal– y, si bien las casas fueron a remate, los colonos decidieron impedir que alguien pudiera comprarlas. No existiendo interesados, el Banco Hipotecario decidió dar una segunda oportunidad a sus propietarios. Los colonos participaban en masa de los remates y esto tuvo un final feliz. La tierra, que tanto sacrificio les había costado, volvía a sus verdaderos propietarios. Ahora todo era distinto, el sol parecía más brillante y se comenzó a construir casas nuevas… Todo se veía con otros ojos.

Villa Regina tiene hoy sus problemas, pues la vía del progreso está llena de obstáculos. Tiene 60 años de vida, 30.000 habitantes, 16 escuela primarias, cuatro secundarias y una Facultad de Ciencias de la Alimentación, dependiente de la Universidad del Comahue. La ciudad cuenta también con fábricas de maquinaria agrícola, empresas de distinto tipo y cinco sucursales bancarias. Hoy es difícil caminar por las calles de Villa Regina sin encontrar algún hijo de trentinos, que como parte de esta población, participa en política o trabaja en las instituciones del Estado.

El recuerdo de los pioneros en aquel desierto es sólo una sombra. En el cementerio, que parece más bien un oasis en el desierto, vecino a las “bardas”, hay un monumento que recuerda a los primeros colonos: un cartel allí dice: “Silencio, los abuelos duermen”. 

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