Argentina:
Un viaje en el tiempo... hacia el mundo de la emigración trentina
Daniele Zambelli Franz, nacido en Trento en 1977, es un joven escritor y periodista free-lance. Es un apasionado de los viajes y no desaprovecha ninguna oportunidad que se le presenta para recorrer el mundo. Fue así como nació "EXIT ARGENTINA", su primer libro, nacido luego de su viaje a nuestro país, que recorrió durante cinco semanas entre octubre y diciembre de 2007. Un viaje a un país que desde niño tuvo curiosidad de conocer, sobre todo cuando supo que un antepasado suyo había emigrado a Tierra del Fuego. De él solía hablarle su abuela. Y Daniele siguió sus pasos... Viajó hacia Buenos Aires y desde allí partió hacia el norte, visitando Rosario, Reconquista, Resistencia, Córdoba, Villa Regina y otros rincones de la Patagonia argentina y chilena. El texto busca trazar un parangón entre aquellos que fueron protagonistas y que "hicieron" la emigración (particularmente, la emigración trentina) y quienes la "sufrieron" (las poblaciones originarias de la Argentina).
Con la autorización del autor y bajo su dirección, nuestro portal ofrecerá una serie de entregas con las historias más destacadas de este viaje al mundo de la inmigración...
Con ustedes, el primer capitulo de EXIT ARGENTINA.
Ramos Mejía:
Primer encuentro con una pareja de inmigrantes trentinos
En una fría y lluviosa tarde de febrero de 1951, en el puerto de Génova una joven pareja se detuvo delante de la pasarela del barco “Conte Grande”. No era una pasarela cualquiera. Del otro lado, había para ellos otro mundo. Tomados de la mano, el viaje se hacía menos duro para los emigrados que, como ellos, partían hacia América.
Luisa Tiefenthaler y Pacifico Zamboni tenían 30 años y se habían casado pocas semanas antes, cuando se despidieron de sus amigos de Tione di Trento y de Verla di Giovo. Siempre me he preguntado qué habrá significado, para aquellos ojos habituados a las montañas, verse de pronto frente a las inmensidades del océano. Dejando atrás un pasado de estrecheces pero en el que existían algunas certezas, ¿qué habrá representado para ellos ese inmenso escenario azul? ¿Qué habrán sentido cuando pisaron tierra en un continente desconocido?
Al llegar a Buenos Aires, Pacifico consiguió trabajo en una carpintería. Eran años de esplendor para la Argentina, en los que la economía giraba como una rueda alimentada por el sudor de los inmigrantes llegados desde medio mundo. Los primeros ahorros convencieron a Luisa y a Pacifico a saltar la cerca: Pacifico puso en pie una empresa de producción de marcos para puertas y varillas para persianas. Una casa y dos hijos fueron los demás componentes de ese objetivo que se propusieron y lograron cumplir en poco más de medio siglo.
Para llegar a la casa de Luisa y Pacifico, tomé el tren en la estación Plaza Miserere (“Plaza Once”). El color de los vagones oscilaba entre un azul y un rojo herrumbrado. La locomotora con un sacudón y varios saltos. Al costado de la formación se veían viejos negocios con las paredes descascaradas y casas humildes con techo de chapa. Un niño al que le faltaba una pierna se desplazaba por el tren. Se impulsaba con su mano derecha, completamente ennegrecida, y recibía con la otra algunos centavos de peso. Compré una lata de cerveza que vendía otro chico. Desde hacía algunos días venía pensando e imaginando un viaje en el tiempo.
Sentado en el tren, me dije: “Esta es una oportundiad única”. Podría seguir las huellas de los primeros emigrantes que partieron desde mi tierra y, al mismo tiempo, determinar si en ellas huellas habría espacio para mis propios pies. Me prometí asumir el desafío con humildad, para evitar aquellas huellas demasiado grandes, e inteligencia, para no desechar aquellas más pequeñas. Tenía poco tiempo y demasiadas historias por descubrir. Comencé a imaginar mi camino como un gran arcoiris. Del otro lado, ¿habíra debido encontrar una olla repleta de monedas? Sólo yo podría develar ese misterio.
Descendí del tren en la estación Ramos Mejía, pregunté y me indicaron dónde estaba la Avenida Avellaneda, una calle elegante en cuyo recorrido pude observar, para mi sopresa, un conjunto de casas de madera, de estilo alpino. Verjas puntiagudas y ventanas con barrotes protegían cada casa. La dirección era correcta. Luisa y Pacifico me recibieron como a un pariente al cual no veían desde hacía 30 años. En la cocina, en un ambiente fresco, conversamos toda la tarde con la complicidad y el “calor” del dialecto trentino que ninguno de los dos había perdido luego de medio siglo en la Argentina. Fue muy lindo; bastó una simple frase en dialecto para que me hicieran sentir como en casa.
“¿Sabés que me dijo mi padre antes de que partiéramos?”, me contó Pacifico.
“No vayan a esos países; ahí el dinero se desvaloriza y se suceden las revoluciones”, intervino Luisa, con una sonrisa. “Esa frase debo haberla escuchado diez mil veces”.
“Dejá que le cuente al chico, por favor”, se quejó Pacifico, con dulzura.
Tras su cabello blanco y algunas arrugas en su cara, Pacifico escondía un carácter tenaz y enérgico. Luisa, en cambio, tenía el aire sabio y paciente de quien conoce a la perfección a su marido.
“Cuando bajamos del barco, nos pareció entrar en un enorme cráter” continuó Pacifico.
“En aquellos años, el famoso presidente apostaba a la inmigración para relanzar la economía. Había mucho trabajo y, por suerte, yo conseguí un empleo en una carpintería, donde también cumplía tareas como custodio. No era un mal trabajo... A otros no les fue tant bien”.
“En los primeros tiempos, alquilamos una casa en el barrio de Caseros (NdT: Municipalidad de Tres de Febrero, al oeste de la ciudad de Buenos Aires)”, precisó Luisa.
“Yo quería comprar una casa porque en el exterior uno siempre debe tener una vivienda de su propiedad. Cuando vivís en tu país, no pensás mucho, pero acá en Argentina nunca se sabe qué decisión pueden tomar los gobernantes. Una crisis cada diez años es, lamentablemente, lo habitual. Este barrio se llama Don Boscho y pertenecía a los padres Salesianos. Compramos aquí un terreno y acá nos ves ahora. Construir una casa significa echar raíces, creo”.
“Más allá de las sucesivas crisis, en Argentina se vive bien”, comentó Pacifico.
“El único problema es la inseguridad. Como habrás notado, cada una de las calles del barrio está bajo vigilancia de un puesto de policía. Nosotros, los ancianos, preferimos quedarnos encerrados en casa”.
“¿Nunca pensaron regresar?”, les pregunté.
“¿Querés decir emigrar otra vez? ¡El hombre no es como las golondrinas!, exclamó Pacifico.
“Una vez tuvimos la duda, durante unas vacaciones en Italia, en pleno boom económico”, admitió
“A fin de cuentas, nos gusta alimentar los recuerdos”.
“Y también mantener vivas las tradiciones”, agregó Luisa.
“Vamos casi todas las semanas al Círculo de los inmigrantes trentinos (NdT: Pacifico fue presidente del Círculo a fines de los años 80 e inicios de la década del 90). Es muy importante recordar de dónde se viene para poder tener un futuro. Y nosotros recordamos mucho nuestro Trentino. ¿Conocés las hazañas de Cesare Maestri y Cesarino Fava en la Patagonia?”, me preguntó... Cómo no iba a conocerlas....
“Maestri estuvo durmiendo en nuestra casa. Sus dos expediciones al Cerro Torre enorgullecieron a toda nuesra colectividad”.
La tarde se esfumó, entre los recuerdos de Luisa y Pacifico, cuyas palabras no dejaban espacio a la nostalgia. Más bien, de cada anécdota, de cada historia, emanaba una filosfía de esperanza y optimismo. El peso de estas dos vidas tan extraordinarias llenaba la habitación de energía positiva. Al anochecer, volví al centro de Buenos Aires con una sensación extraña que mantuve durante todo el viaje... Pero era temprano aún para poder comprenderla a fondo.


Comentarios
Un saludo desde Trento
Daniele
un saludo desde Trento
Daniele
gracias por la historia. Solo he lleido hasta ahora la primer parte y me gusto tu sensibilidad y comprension .
muchas gracias por tu comentario! Espero puedas leer las otras partes, y que te gusten! un abrazo a la distancia