jSharing - JA Teline III

HACIA LA CORDILLERA
“Exit Argentina”
DANIELE ZAMBELLI FRANZDaniele Zambelli Franz

(...)

De ahí en adelante era solo desierto. El camino era irremediablemente recto y formaba una gigantesca letra “T” con la línea del horizonte. El terreno arenoso de la estepa se alternaba con bajas colinas y una extendida llanura, que parecía un mar calmo. En el desierto patagónico no había más que arbustos y matas de pasto, de dimensiones pequeñas, resistentes a la furia del viento. De los campos surgían también las flores amarillas del amancay del desierto y otras flores, de un color entre el verde y el violáceo, típicas del coirón blanco. Busqué con la mirada las flores del calafate, recordando aquel dicho que reza “Quien prueba el fruto del calafate siempre regresa a la Patagonia. El pasaje de vuelta lo compraría luego, pero más al sur.

De repente, el viento comenzó a soplar con violencia, haciendo que el ómnibus de dos pisos se balanceara. Unos diez minutos después, nos cruzamos con un ómnibus de otra empresa. No fue muy tranquilizador verlo acercarse, también tambaleante, sabiendo que ambos choferes debían moverse hacia la derecha para poder atravesar sin problemas ese sendero. Los imaginé como dos combatientes, enfrentados el uno contra el otro, con la lanza presta para atacar.

Pasamos por Piedra del Águila, pequeña población formada por un puñado de casas ubicadas entre las dos paredes de una roca oscura con una curiosa forma redondeada. El terreno comenzaba a ser menos agreste cuanto más nos aproximábamos a la Cordillera. Manchas verdes se observaban en las colinas,  pisoteadas por un rebaño de ovejas que hundían sus hocicos en la hierba.

El camino se hizo tortuoso. “Ánimo, ¡falta poco!”, decía un cartel en medio de tantas curvas. Por mí, las curvas podían haber seguido durante miles de kilómetros. Lo único que lamentaba era no tener mi moto, con la cual habría podido transitar ese terreno con gran satisfacción.

Hacia el oeste, el perfil armónico de la Cordillera se divisaba en todo su esplendor, ofreciendo un hermoso contraste con el cielo, que como niño caprichoso cambiaba continuamente del blanco al gris celeste, del azul intenso al azul macilento. Y era grande, tan grande que lograba magnificar la soledad del hombre e inspirar el más profundo sentido de aventura, dejando en cada uno la elección de la perspectiva más adecuada.

Cuanto más ascendíamos, transitando las pendientes de los Andes, más frondosos se hacían los bosques de araucarias, llamadas también pehuén, y de cipreses. A orillas de los lagos se divisaban unas casas de piedra gris con techos violáceos. En las cercanías de la localidad de La Confluencia, la ruta se divide y surge el camino de tierra hacia San Martín de los Andes. En ese punto, la Cordillera parece fundirse a nuestras espaldas, formando un anfiteatro surrealista de agudas vetas negras. De allí en adelante, la ruta sigue el curso del río Limay, a través del Valle Encantado, hasta las orillas del Lago Nahuel Huapi, a cuyos pies se encuentra la ciudad de San Carlos de Bariloche.

(...)

Durante mi estadía en Bariloche había reservado un cuarto en el hostal “El Gaucho”, en la cima de un camino escarpado. Mientras transpiraba y atravesaba la última cuesta, me sinceré conmigo mismo y, tres semanas después de iniciado el viaje, caí en la cuenta de que la mochila que llevaba era muy pesada. Realmente demasiado pesada. Precavido hasta el extremo, había guardado en ella una gran cantidad de ropa y objetos de todo tipo, como por ejemplo un diccionario de esloveno. Pero lo que me tenía más preocupado era mi hornito a gas, acompañado por la olla, el cuchillo, el tenedor y la cuchara. Mucho había soñado, durante los interminables meses previos al viaje, con aquellas solitarias cenas al claro de la Cruz del Sur, sin otra compañía que el viento de la Patagonia y mi hornito a gas. En realidad, nunca sucedió. Cuando llegaba la hora de la cena, estaba siempre tan cansado que me escabullía en la primera fonda que encontraba, donde saciaba mi hambre y mi sed con un buen churrasco de tres centímetros y un litro de cerveza. Así fue como el hornito azul permaneció todo el viaje adentro de la mochila, lo que provocaba en mí –cada vez que me topaba con él al buscar un mapa o el cuaderno de apuntes– un fuerte sentimiento de culpa.

 

Traducción y adaptación al castellano: Mariano Roca

 

Daniele Zambelli Franz

Daniele Zambelli Franz

Comentarios 

 
+2 # Roberto Rodolfo 12-05-2011 01:19
Envidiable aventura en un territorio aún bellísimo a pesar de las transgresiones del ser humano y su indiferencia con lo que la naturaleza nos brinda. Y admirable que una juventud curiosa y aventurera aprecie tanta belleza. Atahualpa Yupanqui decía que la pampa es "el cielo pero al revés", y esa es la impresión que me queda de esta crónca mientras se cruza la gran estepa desnuda del norte de Patagonia. Y lo esplendoroso de los Andes del sur casi una copia de los valles y montañas del Trentino.
¡ Felicitaciones Daniele por tan extraordinaria travesía y por haber sabido mirarla !
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+1 # Daniele Zambelli F. 13-05-2011 11:49
Hola Roberto, muchisimas gracias!
Estoy de acuerdo contigo, la naturaleza, cuando estamos con nuestros sentidos realmente despiertos, nos brinda todo lo que necesitamos. Y hay que luchar contra los que quieren destruirla en nombre de un falso progreso que solo es illusorio. Yo quedè enamorado de los Andes del sur, aunque el proximo mes yo y mi familia nos trasladamos en los Andes del Ecuador. Pero seguro que cuando tenga la posibilidad, regresarè a esa maravillosa region.
Un abrazo!
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