San Carlos de Bariloche es una meta que no puede faltar en el curriculum del “Lonely Planet”, un turista típico de cualquier latitud. Pero para poder exhibir el título de “Turista Lonely Planet” es necesario cumplir con una serie de requisitos. Yo he podido identificar, al menos, diez:
1) zapatillas coloridas, sin cordones (son casi obligatorias las “Salomon”);
2) pantalones pescadores a cuadros, con no menos de menos cuatro bolsillos y un llavero adosado (no sé cuál será la utilidad de las llaves de casa si uno está en el otro hemisferio);
3) una camiseta descocida (solo los puristas lucen camisas de franela a cuadros);
4) una bandana o un kefiah al cuello;
5) un gorro típico del lugar visitado que parezca auténtico (y que los residentes jamás usarían);
6) mochila de montaña de 85 kilos que debe contener obligatoriamente: alfombra aislante, bolsa de dormir y sandalias;
7) tabaco, papel para armar cigarrillos y un encendedor Zippo;
8) anotadores tipo “moleskine”, donde figuren centenas de direcciones de e-mail, de las cuales al menos el 20% suelen ser inventadas;
9) pasaporte gastado para que parezca que se le dio mucho uso, con sellos de aduana y visados claramente falsificados;
10) una guía “Lonely Planet” bajo el brazo (¡están permitidas las guías de otras casas editoras!).
Sin su guía, el viajero “Lonely Planet” no puede ir a ninguna parte. Se lo puede distinguir claramente en las veredas de una gran ciudad, en las callejuelas de un pueblito de pescadores o a lo largo de un camino de montaña, con la espalda encorvada y la nariz sumergida en las páginas del libro. Tiene en promedio entre 20 y 28 años. Probablemente ya haya tomado la decisión de los lugares dónde dormir y cenar, y enfila hacia allí sin dudar.
No hay como las aventuras que comienzan en un kiosco, en un bar o en la parada del ómnibus, con la fórmula mágica: “Disculpe, me puede indicar un…”. Está claro que existe el riesgo que lo “manden a pasear”, pero eso casi nunca sucede y tampoco es una tragedia. Además los hoteles cambian de nombre, las calles de doble mano pueden ahora ser de sentido único, los taxis suelen cambiar de color... Se pueden correr riesgos.
Un día, en un pueblito al pie de los Andes, vi dos chicas apoyadas a una reja. Se miraban desconsoladas. Eran turistas alemanas. Me di cuenta de qué era lo que había desatado la crisis. En su guía se leía: “La residencia El Águila se encuentra en el número 322 de San Martín. Si ninguno responde al timbre, cruzar la calle y tocar la puerta del viejo Paco, quien tiene una copia de las llaves y les mostrará las habitaciones. ¡Cuidado con el pastor belga, que se pone nervioso ante cualquier desconocido!
Las dos habían tocado el timbre, cruzado la calle y golpeado. Quien apareció entonces, en la puerta, no era el viejo Paco, sino una mujer con un aire sesentón y acento madrileño, que había decidido años atrás jubilarse y vivir sus últimos años en la Patagonia.
“No sé nada de la residencia”, les dijo enseguida.
“¿Y el señor Paco?”
“Ah, el viejo... Dejó hace seis meses, cuando su perro fue arrollado por un camión. Si quieren, les puedo indicar un hotel en el fondo de la calle. Puede ser que no haya camas disponibles esta noche, pero si les dicen que las manda la española, las chicas les van a hacer seguramente un descuento”.
¿Y qué decir de ciertas situaciones que se producen en los hostels? Una tarde escuché a un danés que se lamentaba porque un pub había cambiado de nombre sin avisarles antes a los autores de su guía; mientras tanto, un muchacho de Londres se la había agarrado con un mozo que sólo hablaba en español; nos miramos todos por un momento y al unísono lo invitamos a irse cortésmente a que se fuera al baño (…para ser finos).
Pero el punto máximo de la melancolía lo alcanzaron esos italianos que, en una ciudad fuera de su país, pidieron spaghettis y después se quejaron de que no estaban bien cocidos o de cómo estaban condimentados. Si les puedo dar un consejo, en esos casos, no pierdan la ocasión de revolearles el plato por la cabeza.


